De Mesina a Berlín
Por Josep Borrell
Al final del “periodo de reflexión” 16 países, contando con Finlandia, habrán ratificado el Tratado Constitucional. Pero otros tres, o más, no están decididos a intentarlo. Y Francia y Holanda no van a re-votar el mismo texto ni después de sus próximas elecciones. Así, entre la difícil ratificación y la prematura revisión, el Consejo ha decidido que era urgente esperar.
Las instituciones seguirán funcionando normalmente en lo cotidiano. Pero los problemas de dimensión, legitimidad y eficacia de la Unión Europea pueden entrar en un círculo vicioso que los retroalimente.
Por ello, no basta con dar tiempo al tiempo. El Tratado Constitucional no fue un capricho estético de los que desean una visión global de la Europa política. Surgió del convencimiento de que el Tratado de Niza no ofrece una base viable para seguir el proceso de integración europea.
A lo largo del “periodo de reflexión” hemos recibido de los ciudadanos muchos mensajes, a veces contradictorios. Y escuchado los mismos temores puestos de manifiesto durante los referendos en Francia y Holanda.
La globalización infunde temor. Con razón o sin ella, el 47% de los europeos la considera una amenaza. Las ampliaciones inquietan. La competencia internacional cuestiona los sistemas de protección social. La inmigración y el envejecimiento de la población alteran las estructuras sociales. Las identidades nacionales se sienten amenazadas. Regiones cercanas muestran una inestabilidad peligrosa y la amenaza terrorista sigue presente.
¿Cuál es el papel de Europa frente a estas inquietudes? Los europeos creen que Europa está demasiado presente allí donde no se la ve necesaria, o está demasiado ausente allí donde sería más útil. Piden más Europa, pero para resolver problemas para los que sus gobiernos no han querido darle competencias.
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